sábado 8 de marzo de 2008

Estirpe

Atravieso el campo de los sueños que ya no serán. Los grandes temores de una humanidad irrisoria finalmente se hacen presentes en mi. Pienso y recuerdo las acciones de una vida con sentido, y me pregunto: ¿para qué?. Estaba convencido que tenía que luchar por lo que creía, pero ahora sé que nunca supe creer. El telón se desmorona finalmente, y la artificialidad se hace presente para mostrarme la cruda y simple realidad. Las trascendencias me muestran su verdadero aspecto, y no puedo ver mas que figuras humanas. En este momento no hay nada frente a mi, ni una luz brillante ni un túnel, solo un gran dolor que se cierne desde lo profundo de una agonía más existencial que física.
¿Cómo asumir un final ya escrito, que veo próximo e inevitable?. La angustia me invade desde esta cama donde yace mi cuerpo inerte. No puedo deshacer los hechos de mi vida, ni volver atrás en el tiempo para cambiar el pasado. No hay forma ya de negar mi estirpe, y gritar un “no” rotundo al ejercito. Tampoco puedo evitar aquellos momentos de obediencia ciega a una institución amparada en un dios ficticio y en una patria económica. Ni dejar de acatar un conjunto de estupideces finamente premeditadas cuyo único objetivo es el de desangrar al hombre. ¿O acaso las guerras son algo mas que eso?
Lo único que tengo es mi propio ser, y en estos últimos momentos solo puedo intentar comprender. Quizás para poder por fin vaciar de sentido mi vida, e imprimirle en mi ultima exhalación una única convicción propia, que no sea un producto externo y ajenamente asumido. La existencia se presenta ahora en cuestión de días. Y si llega a ser mas tiempo, ¿cómo se puede vivir ausente?
No quiero irme sin antes poder comprender la inutilidad de mi vida y aprender de ella. Veo a la muerte a los ojos y por primera vez no siento temor. Observo mi finitud y la nada que se presenta tras ella, y extrañamente me permito divisar una vida distinta. Vislumbro al fin al hombre en toda su potencialidad y me avergüenzo de la vida que he llevado, y de las posibilidades y opciones ni siquiera concebidas. Sonreiría, pero mi cuerpo no me responde. Solo puedo alegrarme internamente por haber comprendido, aunque sea a ultimo momento, las ataduras propias y ajenas que me hacían actuar, y ahora, lograr deshacerme de ellas. ¿Por qué será que el ser humano necesita de situaciones extremas para darse cuenta de las cosas?
Creo ya estar listo, no hay mas nada que este cuerpo casi fenecido me permita hacer. Observo las maquinas que me hacen existir y ruego para que esta agonía finalmente concluya.

jueves 24 de enero de 2008

Hilaridad

Mientras colocaba el café en la maquina, de espaldas al salón, se decía a si mismo que tenia que borrar inmediatamente esa sonrisa de su rostro. Se miró en el espejo que tenia frente a él, y, a pesar suyo, la sonrisa burlona permanecía allí, inmutable. Desde que el arrepentido, tal como lo llamaban entre los mozos, había entrado al bar, los labios se le habían atorado en una expresión a la que solo le faltaba la cara pintada de blanco y la nariz colorada.
El café ya estaba listo. Empezó a caminar en dirección a la mesa cuando se fijó nuevamente en él: El arrepentido tenia los codos apoyados sobre la mesa, las manos unidas en punta, la cabeza baja, y murmuraba concentrado en una voz baja pero perfectamente audible.
- ¿Ahora qué le voy a decir? - se repetía a si mismo el arrepentido - Dios, ayudáme, ya no se que hacer. Yo sé que es mi culpa, pero vos sabés cuanto la quiero. Te pido perdón, Señor - continuaba en el mismo tono y ya con lagrimas en los ojos -, te juro que no va a volver a pasar. Dame una ultima oportunidad, fue la tentación, otra vez, no pude contenerme. Perdonáme, Señor, te pido que me perdones. Y castigáme, me lo merezco, te juro que hago lo que me digas. Soy un pecador, Señor, se que todo es culpa mía, pero vos sabés cuanto la quiero.
Lo primero que sintió el mozo fue su mano derecha que se agitaba. Enseguida, la bandeja empezó a temblar y el café a derramarse sobre su uniforme. Un calor comenzó a subir por su garganta, sus labios le ardían. Los dientes comenzaron a separarse unos de otros, justo a tiempo para que un sonido estridente se elevara desde su interior y rebotara hasta en los sectores mas recónditos del salón. Se tapó la boca lo mas rápido que pudo, mientras la bandeja y el café se estrellaban bruscamente en el piso y él corría desesperado a la cocina. Casi todo el bar se dio vuelta para observar de donde provenía semejante risa guasonesca. Al arrepentido, por su parte, todo le era ajeno. Él seguía concentrado en su plegaria, sin notar siquiera el espectáculo que involuntariamente acababa de producir.

jueves 17 de enero de 2008

Claridad profunda

El asiento era cómodo, de aquellos tipo cama, bien mullidos, reclinables, hasta para apoyar los pies. Se felicitó por haber elegido el ‘Estrella Blanca’ que, a pesar de sus dudas y de las de su mujer, parecía ofrecer un servicio de primer nivel. “Fijáte, Miguel, es una empresa muy nueva, no sabés que servicio da todavía, quizás te convenga seguir con ‘Crucero Argentino’”, le había dicho su esposa. Pero para Miguel, por algún motivo, la elección de la empresa se había transformado en una cuestión personal, en donde parecían jugarse sus propios principios. Se había dicho a si mismo que al menos en esto elegiría él, que de esta decisión dependerían todas las posteriores, y que un futuro nuevo sería posible para él, uno mas ligado al Miguel libre de dudas, pujante y de espíritu vital que en algún momento había llegado a ser (o al menos el que él mismo se había representado).
El ‘Estrella Blanca’ ya estaba en camino hacia Misiones. Colocó los brazos detrás de su cabeza, relajó los músculos como tantas veces lo había hecho en sus tantos viajes, y su mente poco a poco se fue distendiendo. No sabía que iba a hacer, si conservaría ese trabajo por el cual se encontraba subido en aquel ómnibus, si visitaría a sus clientes que lo aguardaban, si continuaría con la farsa en la que se había convertido su matrimonio, si siquiera volvería. Nada le importaba en ese momento, solo fijaba su vista en aquel punto blanco que flotaba a la altura de la cabecera del asiento de adelante. De a poco sus ojos se fueron cerrando.
Un universo de luminosidad extrema se le presentaba ahora frente a sus ojos. Sentía su propio desplazamiento. Se movía en una dirección incierta hacia una claridad infinita que bien podía ser para él la de su derecha o la de la izquierda. Daba lo mismo, todo era de un blanco brillante que se repetía en todas las direcciones, incluso debajo suyo. Por un momento pensó que volaba, pero algo mantenía sus piernas firmes y estables, aunque al mismo tiempo avanzaba. Era como estar en una escalera mecánica sin pendientes ni escalones, que invisible bajo sus pies, lo llevaba sin pausa hacia algún lugar que Miguel mismo no creía posible entre toda esa blancura.
De un momento a otro, divisó un punto negro que se acercaba. En cuanto su vista se lo permitió, reconoció en el a una figura humana. Al fin habría alguien a quien preguntarle sobre todo aquello, que le explicaría que era ese lugar, y quizás también, lo guiaría en semejante laberinto de claridad. La figura se agrandaba mas y mas. Se acercaba a una velocidad para él insospechada hasta ese momento. Dedujo que él también debía de estar moviéndose a una velocidad similar, solo que no lo había notado por la escasez de referencias. La figura estaba casi a su alcance y continuaba avanzando. Era un hombre rubio, tez clara, relativamente esbelto, de alrededor del metro ochenta. Parecía moverse de la misma forma que él: con las piernas estáticas y con una especie de escalera mecánica horizontal bajo sus pies. Vio su mirada, tan desconcertada como la suya, e intentó hablarle, pero aunque lo intentaba ningún sonido salía de su boca. Era como si sus cuerdas vocales no lograran transmitir lo que su cerebro pensaba y quería expresar. Parecía como que allí no existiese el sonido. Recién ahí comprendió cabalmente la expresión desesperante del rubio, que padecía igual que él la imposibilidad sonora. Pasó a su lado tan rápido como llegó, hasta desaparecer nuevamente. Solo una figura atravesada en un mar de claridad, que ahora lo embestía e inundaba poco a poco su propio cuerpo. Primero fueron sus piernas, las cuales ya habían comenzado a blanquearse y a desaparecer en la claridad profunda. Después siguió la cintura y el torso. Una opresión lo dominaba internamente. Se sentía desaparecer, devorado desde afuera hacia adentro. Solo quedaba la cabeza. Ya no era nada, solo una cabeza flotante que no podía ni mirarse a si mismo. Quiso gritar, pero solo logró ahogarse en un silencio inexorable antes que la claridad logre invadirlo por completo.
Despertó agitado, no pudiendo fijar la vista. La cabeza le daba vueltas, todas la cosas parecían moverse. Abrió las piernas y se agachó intentando recobrar la respiración. Levantó la cabeza, respirando ya un poco mejor, y miró alrededor suyo: los pasajeros dormían y afuera parecía ser aún de noche. Comprobó que el ómnibus tenía asientos vacíos, aunque recordaba que había salido completamente lleno. “Debe haber hecho muchas paradas”, se dijo, al tiempo que comenzaba a dudar del servicio del ‘Estrella Blanca’.
Fijó la vista en los pasajeros que tenía cerca, y no creyó lo que sus ojos le enseñaban. Rápidamente, sus pulsaciones comenzaron a subir. La agitación era cada vez mas fuerte. Desesperado, buscó el pasaje. Lo sacó de su bolsillo e intentó prender la pequeña luz que le correspondía a su asiento. Ya le costaba respirar cuando logró encenderla. Desdobló el pasaje e intentó leer, pero no logró entender prácticamente nada. Solo la palabra “Stockholm” le parecía haberla visto antes. Igual, para ese momento ya era irrelevante. Había logrado ver su reflejo en el vidrio, y estaba palpando su nueva cabellera rubia.
Sus gritos resonaban en todo el ómnibus.

viernes 28 de diciembre de 2007

A un amigo que se va

Siempre me pregunté como hace la gente para mantener una amistad a distancia. Cómo se puede considerar amigo a alguien que vive a miles de kilómetros, y cuyo único contacto no es mas que una ocasional llamada telefónica o una comunicación vía chat o mail. Y así, cómo es posible fomentar una amistad viva, una amistad que no sea solo recuerdo.
Sin embargo, ahora que te vas, eso es lo que menos me preocupa, ya que hay una distancia que nos separa mucho mas amplia que los kilómetros entre Buenos Aires y Jerusalén. Una distancia de la que sé que ambos somos conscientes, pero que fingimos no notar, quizás por un excesivo respeto a un pasado que ya no es.
Cuando nos vemos, simplemente no te veo. No puedo reconocer en vos a aquel amigo que tantas veces necesité y que tantas veces estuvo. Es como ver a una copia falsa, a un doble. Trato de descubrir en el extraño que tengo delante a mi mejor amigo, pero lo único que veo son solo vestigios cada vez mas minúsculos de el.
Y siento que nuestra amistad se escurre y que no puedo hacer nada por evitarlo. Porque lamentablemente subsumiste todo tu mundo a un ser superior, y te resignaste a tomar el camino mas fácil y a asumir para tu vida un código moral estricto que no admite replicas. Porque ya no puedo mirar el culo de una mina en tu presencia sin tu ya habitual gesto de incomodidad. Porque no podemos juntarnos a comer algo si no es kosher, y ni siquiera compartir un paquete de galletitas. Porque cuando estoy mal y necesito de tu apoyo, tengo que siempre consultar el calendario lunar para ver si no hay alguna fiesta o conmemoración que te excuse. Porque una persona fanática de la playa, ahora no quiere ni considerar estar cerca del mar por el impudor y la inmoralidad que allí se presenta. Porque llegaste a pedirme que comiera en la mesa de al lado para que no se contaminara tu comida santa con la mía, y porque allí mismo debí mandarte a la mierda. Porque “no se puede” es ahora tu vocablo favorito, y porque, simplemente, ya estoy cansado de los “porque”.
Fuimos derrotados, aunque no queramos admitirlo. Hay ciertas barreras que ni siquiera una amistad sólida y forjada durante doce años puede traspasar. Comprobamos en los hechos que una verdadera amistad entre un ortodoxo y un ateo es imposible.
Y pienso que si todavía cada tanto (y cada vez mas cada tanto) nos vemos, es quizás por la certeza de tu ida, y por la presencia de algún resabio de aquel pasado de amistad que me hace pensar en terminar nuestra relación lo mejor posible, aunque sepa mejor que vos que tu ida es definitiva.
Sé que tendría que estar triste y apesadumbrado por tu partida, pero sinceramente, no lo estoy, porque siento que ya te fuiste hace mucho, y que ya me hice amigo de tu ausencia.

martes 18 de diciembre de 2007

Reality maker

En estos últimos meses hemos asistido al boom de ventas del nuevo producto que ha revolucionado y puesto en duda las nociones mismas de la vida y su realidad. El dispositivo creador de realidades simultaneas o “Reality Maker”, tal es su nombre comercial, ha experimentado en los últimos 3 meses un crecimiento de ventas de un 300%, y según indica un vocero de Reality Corp. (la empresa productora) mas de 1 millón de personas ya poseen el dispositivo solo en los Estados Unidos.
La virtud de este dispositivo es la de trazar una realidad alterna a la presente. Y poder vivirla. A partir de una red compleja de fibras intracutáneas que se colocan en el cerebro y que lo comunican con los distintos órganos captadores de los sentidos, el mencionado dispositivo es capaz de generar una realidad distinta a partir de las ordenes que el cerebro le envía.
Dicha realidad alterna se proyecta en solo uno de los hemisferios, en general, el derecho, quedando el otro unido a la realidad primera. De esta manera, mientras en una se puede estar a punto de hacer el gol del campeonato de su equipo preferido, o curando una enfermedad mortal en Nigeria, en la otra puede estar simplemente saliendo del supermercado. Es por ello, que el dispositivo viene acompañado por la Mascara Unificadora, que se coloca en el hemisferio que se desea ocultar, de modo de que el gol que hacemos en una realidad no termine derribando una góndola de latas de arvejas en otra. Asimismo, y para evitar estos accidentes, la empresa recomienda que mientras se utiliza el dispositivo creador de realidades simultaneas, el cuerpo perteneciente a la realidad en pausa, se interne en uno de los tantos Centros de Reposo que Reality Corp. ha establecido en distintas ciudades del país, y cuya estadía se estima entre 50 y 400 dólares diarios según las habitaciones, el espacio y el servicio que el cliente contrate.
Como sucede siempre en estos casos de éxito, ya hay voces que se declaran en contra. Un estudio realizado por la Universidad de Nueva York, patrocinado por la Asociación Por una Realidad Verdadera, indica que el “Reality Maker” es altamente perjudicial para la salud.
Este estudio, en primer lugar, pone en evidencia la irresponsabilidad de la empresa al hacer de acceso publico un dispositivo cuyo control requiere de una claridad mental no manejada por todos los clientes. Además, acusa a la empresa de lucrar con dicha condición al establecer, junto con los Centros de Reposo, los Centros Psiquiátricos cuyos ingresos económicos y humanos han aumentado astronómicamente en los últimos meses.
En segundo lugar, y como punto a destacar, indica la peligrosidad inherente del “Reality Maker” para el ser humano como tal, ya que afirma haber corroborado por testimonios de ex empleados de la empresa, que el dispositivo acorta la expectativa de vida en exactamente la cantidad de realidades creadas. Certifica, además, que el aumento de patologías relacionadas con la vejez en gente joven como reumas, artritis y otras enfermedades, en especial coronarias, se debe a la desmedida utilización de dicho dispositivo.
La empresa, por su parte, ha respondido a estas acusaciones indicando que no se ha probado que exista una conexión directa entre el “Reality Maker” y la aparición de dichas enfermedades. Asimismo, ha instado a los pacientes que las sufren a que abandonen los anticuados métodos de los hospitales tradicionales por los innovadores tratamientos que los Centros Clínicos de la empresa tiene para ofrecerles.

miércoles 12 de diciembre de 2007

Oficina 105

Muy lentamente bajó del colectivo. Una hora de viaje a la mañana era mucho para el. Pequeños espasmos resonaban intermitentemente en su espalda desde hacía 20 minutos, producto del pésimo diseño de unos asientos pensados por alguien que parecía nunca haber viajado en colectivo. El calor agobiaba, el aire era pesado, irrespirable. El olor acre de los escapes inundaba las calles. El retumbe de los bombos golpeaba estridentemente en su cabeza. La vereda, asediada por una maraña de ejecutivos y cadetes ya indiferentes a las toxinas que los envenenaban día tras día.
Como pudo y casi arrastrando los pies, caminó la cuadra que lo separaba del Padrón electoral, y entró.
- Disculpe señorita, ¿acá es el Padrón electoral de Capital?
- Si, señor.
- Yo vengo a modificar mis datos, porque resulta que me escribieron mal el apellido la ultima vez y no pude...

- Oficina 105, por el pasillo al fondo sube la escalera, dobla a la izquierda, después al fondo y dobla a la derecha.
- A la izquierda entonces...
- No, miré, es muy sencillo, suba por la escalera que está al final del pasillo y después dobla, va hasta el fondo y vuelve a doblar pero a la derecha, entiende... el pasillo lo va llevando.
Fue subiendo uno a uno los escalones, 25 según contó. Allí dentro el ambiente era sofocante, aunque el solo parecía darse cuenta. La gente iba y venia sin una mínima señal de disgusto. Las gotas de transpiración le caían pesadamente por la frente y la espalda. Su camisa había pasado de un blanco perla a un amarillo muy poco elegante.
Aturdido, continuó su camino. Las puntadas en la espalda eran cada vez mas frecuentes. Puertas a la izquierda y a la derecha, pero ninguna la 105. La gente pasaba de un lado a otro del pasillo casi sin reparar en el. Exhausto, y sosteniéndose solo por su fuerza de voluntad, paró a un hombre y con un hilo de voz le dijo:
- Disculpe muchacho, la oficina 105...

- Si, abuelo, de la vuelta, vaya por este pasillo, doble a la izquierda, baje la escalera y suba por la del fondo, después doble nuevamente a la izquierda, vaya hasta el fondo y doble a la derecha, es fácil, no se puede perder...

miércoles 5 de diciembre de 2007

La torre y el barro

Siempre pensamos que las rejas eran para encerrar a los que cometían algún delito, que solo tras ellas se podría mantener a raya a aquellos delincuentes que atentan contra nuestra integridad y nuestra forma de vida. Pero, extrañamente, las rejas las posamos frente a nosotros.
En un momento creímos que con ellas bastaría, que la cárcel domiciliaría sería suficiente, pero no fue así. Después, nos mudamos a barrios mas exclusivos donde las cárceles se repetían por cuadra y los guardias nos aseguraban nuestra pertenencia, pero tampoco alcanzó. Así que dejamos la ciudad y creamos nuestro propio campo de concentración de lujo, pero nuevamente erigimos nuestra torre de marfil en el barro.
Entonces pedimos que se respete nuestra torre y que el barro no se entromezca en nuestra edificación. Pero el barro, obstinado por su propia situación, comenzó a avanzar sobre la torre acercándose cada vez mas a la cima. Entonces demandamos mas seguridad y levantamos un muro a nuestra vista, porque es sabido que el que no ve, no sabe, y el que no sabe, no le importa. Hasta que puede vislumbrar el barro y su micromundo se ve afectado. Entonces exigimos que el barro en su condición de tal se comporte como torre. Y por un momento el barro pareció ceder, pero luego, con su propia fuerza vital amenazada, continuó con su tarea invadiendo la torre. Entonces suplicamos que el barro no exista, aunque íntimamente lo deseáramos porque sabemos que la torre es artificial y que el barro es artificial, y que la torre sin el barro, es solo barro.
Y en ese momento, frente aquella contradicción de sentido, desarrollamos una nueva solución: Erigimos una nueva torre aun mas lejana, mas ausente y mas de marfil.

lunes 26 de noviembre de 2007

Luminosa tiniebla

Abrió los ojos sin darse cuenta. Todavía resonaban en su cabeza aquellos golpes sincronizados que una y otra vez retumbaban en su interior. Se levantó de la cama e intentó prender el velador, pero esté no le respondió. Probó entonces con la luz de la habitación, y tampoco. Nada parecía funcionar. Estaba en la mas absoluta oscuridad.
Los golpes aumentaban, y estallaban estruendosamente en su cien, aunque ahora, ya levantado, parecía poder determinar su origen. Caminó de memoria hasta la cocina y allí lo vio. Un albor que traspasaba las bisagras de la heladera se extendía desde dentro de ella e iluminaba parte del cuarto, ensanchándose mas y mas con cada golpe. La puerta de la heladera se estremecía, como si algo intentase salir.

De inmediato, retrocedió hasta la parte no iluminada de la cocina, donde ahora, extrañamente, se sentía mas cómodo. Los golpes continuaban en aumento y su cuerpo en cada uno se veía sacudido en niveles que nunca había creído posible. Los dolores empezaron a extenderse por todo el cuerpo. Ya no era solo su cabeza, ahora también los ojos le ardían por esa luminosidad cada vez mas intensa y próxima. Las nauseas de su estomago crispado habían derribado ya todas sus defensas y se manifestaban inclementes en su boca.
La cocina continuaba iluminándose con cada golpe. El resplandor ya casi llegaba hasta el. Su cuerpo maltratado y en plena crisis de sentidos, le pedía que actúe, que haga algo. Sus manos sudadas tomaron el cuchillo de cocina. La transpiración le caía vertiginosamente por la cara. Su interior latía a un extraño ritmo que no condecía ya con el que retumbaba en su cabeza. Sentía el corazón apretado, dolorido, como si luchara contra una fuerza mayor para tan solo mantenerse. Extendió el brazo y colocó el cuchillo sobre su cabeza. Movió la mesa que le estorbaba, y se lanzó gritando a la caza de lo hubiese dentro de la heladera.

Súbitamente, se detuvo luego de dar solo dos pasos, al ingresar a la zona iluminada de la cocina. De un momento a otro, los golpes desaparecieron y sus dolores cesaron. Sentía como si algo lo estuviese renovando, como si una sangre nueva circulara por sus venas. Sonrió levemente. Dejó caer el cuchillo y caminó tranquilo hacia la heladera. Abrió la puerta, y su sonrisa se hizo mas notoria cuando, al fin, la Luz invadía el departamento.

jueves 22 de noviembre de 2007

1 / 0 = ¿? (Lógica imputada)

La respuesta a este calculo parece sencilla. No es necesario poseer un doctorado en matemática para afirmar que no es posible dividir por cero. Tampoco faltará aquel que busque presuroso la calculadora (o que use la de su computadora) y que descubra que el resultado de dicha operación no es expresado en números, sino en letras, una “E” de error para el caso de las calculadoras de mano tradicionales, y la explicita y mas que explicativa sentencia de “No se puede dividir por cero” de la de las computadoras. Por lo tanto, la respuesta pareciera ser fácil, no habiendo una complicación especial o particular en ésta.
Ahora bien, dejemos por un momento de lado la mecanicidad de las matemáticas y concentrémonos en el calculo en si mismo y en la significación del mismo.
La matemática, como cualquier otro lenguaje, es una forma de interpretación y un intento de explicación del mundo y de los hechos que en este se suceden. Por lo tanto, solo puede existir en referencia a “algo”, es decir, a un objeto, sujeto, etc. Ese “algo” es lo que le otorga entidad a dicho lenguaje, siendo la relación con el lo que resulta vital para la existencia del mismo.
De esta forma, si analizamos uno a uno los términos de este calculo (Me refiero a términos en el sentido coloquial lingüístico, y no matemático), podremos ver como el “1” no existe en abstracto, es decir, existe solo como referencia a “algo”, ya que por mas que se pueda abstraer al numero de su referencia para realizar determinados cálculos, éste en si mismo se encuentra ligado a su propia condición (a ser lenguaje, a estar destinado y creado para explicar el mundo y lo que en el se encuentra). Por lo tanto, el “1” no es mas que “algo”.
Dividir no es otra cosa mas que cortar o compartimentar ese “algo” en si mismo o entre varios de ellos.
¿Qué es el “0”? Sin querer entrar en la discusión si es o no un numero y si como tal existe o solo haya aproximaciones a él, nos interesa en este caso la significación del mismo, es decir, entenderlo como lo que es, como un concepto, como una idea. De esta forma, se podría decir, mas allá de sus implicancias matemáticas, que el “0” es la expresión de la no existencia, de la no acción o de la nada misma.
Siendo así, si en este caso tenemos un “algo” y lo queremos dividir por la nada, por la no división, por el no numero, por la no existencia, ¿cuál es el resultado?
¿Cuál es el resultado de no dividir “algo”, o de dividirlo por nada?
El resultado no es otro mas que “algo”, o, expresado a través de los filtros del lenguaje matemático, es “1”.

Estas breves líneas no tienen como objetivo discutir la validez de la matemática en si (ya que tampoco tengo los conocimientos específicos para hacerlo), sino poner en relieve con este ejemplo la direccionalidad de nuestro conocimiento, lo cual se expresa en presunciones y presupuestos no discutibles y ya validos de antemano. Resulta inquietante como repetimos estas “verdades” mecánicamente, sin siquiera ponernos a pensar que significan y si hay alguna alternativa a estas u otra forma de analizarlas. Solo las aceptamos como si fueran naturales y las desparramamos por el mundo reproduciendo una única forma de analizar los hechos, que no hace mas que fomentar el conformismo y la falta de análisis critico de lo que se nos presenta.
Es así como, solo por medio de un cálculo aparentemente sencillo (por su no realización) como es “1” dividido “0” se ponen de manifiesto dichos presupuestos indiscutidos y ajenos, expresados en una respuesta aprendida, automática e irreflexiva como es “no se puede hacer” o cualquiera de sus variantes. Es también interesante poder ver como enseguida se expresan los limites de esta respuesta, y la ridiculez de la misma, y como el “no se puede hacer”, aunque es probable que ahora se exprese en alguna de sus variantes, se repite nuevamente a falta de otra respuesta mas satisfactoria solo a partir de una simple repregunta: ¿Por qué?

sábado 17 de noviembre de 2007

Fantasma metropolitano

La plaza: aquella que disfrutaba en su niñez, la que había sido el punto de encuentro de los chicos del barrio y en la que había pasado los mejores momentos de su vida. Hacía casi 30 años que no la veía. Estaba muy distinta, los juegos habían desaparecido y en su lugar, una fuente de agua. No quedaban rastros infantiles. Se había modernizado, no mas canchas de bochas ni viejos jugando al dominó. Le había llegado el progreso, ya no se veían chicos en el sube y baja o tirándose del tobogán, era una plaza para gente del primer mundo, una plaza turística.
Caminaba lentamente por ella arrastrando tras de si sus ropas harapientas y su mochila andrajosa que ya clamaba por un descanso luego de 15 años de servicio. Sus zapatillas hacía rato que habían pasado a mejor vida y sus pies palpaban con extrañeza el frió irreprimible de un cemento impropio.
Recordó qué lo había llevado a cruzarse media ciudad para volver a la plaza de su infancia. Se había propuesto recuperar la felicidad que desde hacía tiempo le era negada. Pensó que quizás volviendo al lugar donde una vez había sido feliz, podría ver la vida de un modo distinto y comenzar a reestablecerse. Todo su empeño estaba dedicado a esta empresa y llevaba invertido casi dos días de dolorosa caminata descalza.
Pero ahora todo estaba cambiado, no había rastros de su plaza, todo era nuevo, distinto, gris, hasta los árboles parecían otros. Nada le recordaba ya a su lugar feliz. El pasado, que tan frágilmente se hallaba ligado en su memoria, ahora se escurría en una metrópoli impiadosa que no respetaba ni sus recuerdos.
Decidió que ya no tenia mas nada que hacer en aquella plaza indiferente. Avanzó en dirección a la calle cuando de un momento a otro unas rejas cruzaron su camino. Se preguntó que hacían allí, y enseguida advirtió que rodeaban toda la plaza. ¿Cómo no las había visto cuando entró? ¿Cuán absorto en su esperanza puede estar una persona?
La plaza estaba cerrada, ¿cuánto tiempo había estado allí?, recordaba el sol a la hora de llegada, pero ahora la penumbra se cernía sobre la ciudad. Se recostó en uno de los pocos lugares verdes y sus ojos comenzaron a cerrarse.
Se durmió preguntándose si querría volver a despertar.

miembro de  CRUZAGRAMAS